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CAPÍTULO 1 DE “EL SECRETO DE LA MONA LISA” (Ediciones B México)

Introducción

La Historia aún ignora por qué Da Vinci llevó siempre consigo, a donde quiera que fuera, su más preciada obra: el retrato de Mona Lisa; por qué nunca la entregó a quien se la encomendó; por qué no la vendió pese a las tentadoras ofertas que recibió; por qué tardó más de tres años en terminarla; por qué lo llevó a cabo si lo había rechazado en numerosas ocasiones. Lo ignora porque no puede conocer el alma de los hombres, sólo sus actos; y éstos casi nunca dejan traslucir aquellos sentimientos que verdaderamente los impulsan. La auténtica historia no la puede contar la Historia, tan sólo intuirla.
Por fortuna, allá donde la Historia duerme y se oscurecen sus límites, la intuición despierta y nos alumbra una ficción entretejida con hechos fidedignos, que bien pudo ser, la verdadera historia del secreto que unió a Leonardo Da Vinci y a Lisa Gherardini más allá del tiempo.

Capítulo I

El testamento

Cloux, Amboise (Francia), 23 de abril de 1519

La primera luz del día atravesaba el amplio ventanal inundando suavemente la estancia, pronto la claridad alcanzó el rostro de Francesco Melzi despertándolo.
Se incorporó despacio, dolorido de estar en la silla en la que había pasado la noche. Un escalofrío le recorrió la espalda de abajo hacia arriba; entonces, supo que la manta con la que se había cubierto hacía un rato cayó al suelo. Se dirigió al ventanal sacudiéndose la frialdad de brazos y piernas, llevando el cuello hacia un lado y hacia el otro para que perdiera rigidez. Apartó con decisión la espesa cortina que no había quedado del todo recogida y miró a través del cristal. Gustaba de admirar el despertar de Cloux desde las grandes ventanas de la mansión: resultaba encantadora y atrevida con sus ladrillos de color rosa y sus ventanales enmarcados por sillares de piedra blanca, cubierta por un tejado de pizarra gris plomo y rematada por una torrecilla.
Desde el dormitorio del messere, Leonardo da Vinci podía ver discurrir el río Loira apacible y sereno, acariciando la amplia llanura y entregándose, con generosidad casi voluptuosa, a los cultivos y los verdes prados de pasto. Podía ver desperezarse, como en cada amanecer, a la cortesana villa de Cloux y surgir de entre las brumas las agujas de sus campanarios rasgando el horizonte y sus techos de pizarra gris, dispuestos a atrapar los primeros rayos del manso sol de primavera.
A Francesco Melzi, en esos primeros momentos del día, la contemplación de la naturaleza en armonía lo sosegaba, al tiempo que le renovaba las energías, lo hacía sentirse en paz consigo mismo. Los ecos de las campanas de la abadía de Amboise llega-ban hasta aquel enorme caserón desde la lejanía.
La primavera ya se había apoderado del paisaje y la tibieza del sol lo confirmaba. ¡Qué distinto panorama encontraron tres años atrás, cuando messere Leonardo decidió aceptar el ofrecimiento de Francisco I, rey de Francia, de incorporarse a su corte, allí en Amboise!
Aún revivía la sensación de inquietud y zozobra que le produjo abandonar su Italia natal y seguir al messere a Francia. De alguna manera los preparativos consiguieron apaciguarlas. ¡Había tanto que empacar! Se lo llevarían todo: manuscritos, dibujos, algunos cuadros y todas sus pertenencias. Fueron tres meses de duro viaje durante los cuales atravesaron los Alpes en pleno invierno.
Melzi sintió un nuevo escalofrío al rememorar las gélidas temperaturas que hubieron de soportar. De repente, se vio reflejado en el cristal de la ventana y se sorprendió. Había dejado de ser un jovencito, ya casi veintiocho años. Seguía teniendo una bonita cabellera rubia, larga y ondulada, no tan abundante como antaño y en su frente avanzaban implacables unas primerizas entradas. El rostro, de facciones dulcemente cinceladas, ponía de manifiesto el equilibrio de su mente, la sinceridad de su pensamiento y la fidelidad que prodigaba a su messere. Sus ojos almendrados, de color miel, seguían siendo los de cuando era un niño y entró como aprendiz en el taller de Leonardo en Milán, fascinado por el aura del sabio messere. Sólo contaba con quince años y una voracidad insaciable por aprender a dibujar y dominar las técnicas de la pintura. No le importó en absoluto comenzar una vida mucho más dura que la que hasta ese momento había llevado. Tendría que hacer de ayudante para todo: triturar pigmentos, mezclar, preparar barnices, limpiar… Al principio, sus padres se opusieron a que viviese en el taller, por la humillación que suponía para un muchacho de clase distinguida. Sabía que no se arrepentiría, tuvo la certeza unos pocos años atrás, cuando conoció a Leonardo supervisando los planos de la soberbia Villa Melzi, la casa de sus padres, que quería ser de mayor como Da Vinci. Llegar a pintar como él, en su mente infantil, era tocar el cielo. Admiraba profundamente a ese hombre, su sabiduría, su elegancia natural y su saber estar. Su padre, Gerolamo Melzi, capitán de la milicia milanesa, cuando percibió las cualidades pictóricas que mostraba el muchacho y la enorme admiración que profesaba al florentino, no dudó en confiar a éste el futuro de su hijo, pues la pintura era lo que le hacía feliz. Podía considerarse muy afortunado, pues no resultaba frecuente que un padre atendiera así el deseo de un hijo, sin reprocharle que no siguiera la tradición familiar. Sólo le pidió que no los olvidara y acudiera con la frecuencia que le fuera posible a visitar a los suyos y atender su hacienda. Así lo haría siempre. Fue así como Melzi se volvió parte de la casa de Da Vinci.
Nunca se arrepintió de seguirlo y consideraba un privilegio poder atenderlo y cuidarlo en sus últimos momentos. Seguía aprendiendo de él cada día. Siempre los unió un desmedido afán por comprenderlo todo y por conocer. Continuaba sintiéndose su deudor por el saber que le fue transmitido, por su trato, por todo. Por eso, no le importaba entregarle su tiempo ni sus bienes, los cuales puso a su disposición para que no le faltara nada; además de su afecto, pues siempre lo colmaba de atenciones. No era la primera noche que pasaba en la cabecera de la cama del messere: últimamente su salud, delicada desde el invierno anterior, había empeorado.
El espacioso dormitorio de Leonardo estaba completamente iluminado. Se dirigió hacia la cama del messere. Apartó el largo mosquitero que pendía del dosel, lo observó: dormía profundamente, se veía muy cansado, había pasado la noche muy inquieto. Quizá porque ese día iba a recibir al notario y a varios testigos para hacer su testamento. Supuso Melzi que, de alguna forma, eso lo forzaba a hacer un balance de su vida y, por lo tanto, era comprensible que mostrara desasosiego e incluso hablara en sueños. Llamaba una y otra vez a donna Albiera, a Catherina, a messere Verrochio, a Lisa… incluso a Piero.
Alguien golpeó la puerta del dormitorio pidiendo permiso para entrar. Era Maturina, la sirvienta. Llevaba su pañuelo en la cabeza, anudado al estilo del país, ocultando el negro azabache de su pelo apenas surcado por algunas canas, tenía una cara redonda y graciosa, su boca pequeña y de labios carnosos siempre estaba riendo o canturreando. La alegría y la salud que disfrutaba le imprimían grandes rosetones en sus mejillas lustrosas. Sus ojillos, pequeños y chispeantes, siempre estaban atentos al detalle. Era robusta y diligente. Ella sola gobernaba la casa, cocinaba y atendía todo aquello de lo que no se ocupaba Battista, el mayordomo de messere Leonardo. En su sencillez, Maturina trataba con cariño y respeto al messere y, en ocasiones, llegaba a regañarlo como si tratara con un mocoso rebelde. Entró con decisión en la habitación y se dirigió a Melzi:
—Buenos días, signore Francesco. ¿Cómo ha pasado la noche messere Leonardo?, ¿Y usted cómo la ha pasado? Supongo que mal, por esta silla tan dura y tan incómoda… si quiere puedo pasarle otra más cómoda, o mejor, puedo improvisarle una pequeña litera. Bueno, usted me dirá esta noche qué le preparo. Pero, ¿cómo?, ¿messere está aún durmiendo? ¡No, no, no!
Melzi intentaba en vano articular algún monosílabo, al menos para contestar a ese torbellino verbal; pero apenas era capaz de abrir y cerrar la boca acompasadamente, por lo que optó por callar y esperar a que las turbulencias se disiparan y tuviera una mejor ocasión de responder. Quizá por ello, Maturina prosiguió:
—Además, esta mañana vendrán el señor notario y los acompañantes o como se llamen.
—Testigos, Maturina —pudo añadir Melzi en un alarde de velocidad de respuesta.
—Pues eso, testigos. Así que debe levantarse ya; porque mientras lo aseo, lo vestimos y toma su desayuno… porque hoy sí querrá desayunar, ¿no? Sí, seguro que sí; ayer no lo hizo porque estaba mal, ¡pero hoy tendrá que desayunar! —y dijo esto último con la solemnidad de una sentencia.
—Sí, Maturina, sí —contestó Melzi entre resignado y divertido.
No dejaba de asombrarlo una y otra vez la agilidad del pensamiento de esta sencilla mujer y la velocidad que era capaz de alcanzar para reproducirlo; tanta, que en ocasiones lo aturdía. Pero se compensaba con creces por su buen hacer y disposición.
Habitualmente, del cuidado personal del messere se encargaba Battista, su criado; pero cuando éste bajaba a la ciudad con el ca¬rro por las provisiones, se ocupaba la siempre dispuesta sirvienta.
Maturina se dirigió con decisión hacia Leonardo despertán¬dolo con una suave insistencia en el brazo:
—¡Messere Leonardo, despierte! Que esta mañana tiene visitas y no tardarán en llegar.
Da Vinci despertó y trató de incorporarse con esfuerzo. Una vez sentado en la cama, saludó cortésmente mientras Maturina le ayudaba a bajar de ella sujetándolo del brazo derecho, inmóvil desde que un ataque lo paralizó.
Melzi no pudo evitar sentirse invadido por un sentimiento mezcla de añoranza y ternura, al ver al messere tan frágil y delicado a pesar de su corpulencia. Fue junto a él y lo sujetó del brazo izquierdo, doblemente útil al ser el artista zurdo.
Leonardo, sentado en el borde de la cama, respiraba fatigosamente; la maniobra conllevaba un gran esfuerzo. Al notar la cálida sujeción del alumno lo miró agradecido y, algo emocionado, se dirigió a él:
—Gracias Francesco, pero este brazo no ha seguido el camino de su gemelo y aún lo puedo utilizar. Deja que me apoye en el tuyo, será suficiente… hasta que la gota decida apoderarse del que me queda —dijo el anciano artista dando un profundo suspiro.
Sin pérdida de tiempo, cuando tocó el suelo el messere, Maturina le puso encima una prenda de abrigo y lo condujo a una de las dos habitaciones contiguas al dormitorio, a fin de ayudarlo en su aseo. De acicalarse se ocupaba él personalmente, pues aún conservaba un poco de presunción. Tenía en gran estima su melena blanca y ondulada, siempre ordenada, al igual que su larga barba. Ambas le conferían ese inconfundible aspecto de filósofo platónico que le gustaba ofrecer.
Francesco lo veía avanzar con cierta dificultad pero con entereza. A cada paso que daba parecía recuperar algo de su antiguo vigor. Nunca se quejaba de sus males y no eran pocos ni llevaderos. La gota le había dejado paralizado el brazo derecho y deformado los miembros. Leonardo aparentaba más edad de la que realmente tenía, el quince de ese mes acababa de cumplir los sesenta y siete años, aunque parecía de ochenta. Quizá ese empeño en no querer comer carne… o quizá vivir más de noche que de día, por concentrarse mejor y encontrarse más activo, quién sabe.
Lo cierto es que su mente seguía ideando y creando sin parar. Su vista no era la de antes, aun así, trazó planos para el nuevo palacio real del joven Francisco I, quien quedó maravillado con su proyecto, pues, además de llevar empotradas tuberías en la pared para evitar los olores desagradables, las vigas irían recubiertas de mampostería para evitar el peligro de incendio y las puertas se abrirían y cerrarían automáticamente, gracias a un ingenioso sistema de contrapesos.
El joven monarca lo visitaba con frecuencia cuando se encontraba en su palacio de Amboise, próximo al castillo de Cloux, la residencia de Cloux, a través de los pasadizos secretos que las comunicaban. Sospechaba Melzi, y con bastante sentido, que haber destinado esta residencia como alojamiento de Da Vinci fuese precisamente por este motivo. De esta forma tan discreta, el rey disfrutaba siempre de la sabiduría y del talento incomparable del messere. Pese a su juventud, el rey francés demostraba tener sinceras ansias de conocer y aprender, y sabía apreciar el privilegio de tratarse con un genio vivo. Se comprendían a las mil maravillas: el entusiasmo del muchacho parecía inyectarle nuevas energías al sabio italiano y éste, agradecido, no sólo por la generosa pensión vitalicia que lo liberaba de toda tiranía y por el excelente recibimiento, sino por un sincero respeto y evidente admiración, le correspondía con infinita paciencia ante el bombardeo de preguntas, desgranando una a una las respuestas y desmenuzándolas hasta su total comprensión; ofreciéndole prudentes y agudos consejos, tanto de índole personal como política.
Da Vinci también diseñó para él un nuevo sistema de canalizaciones, así como un proyecto de desecación de las marismas de Soloña. Pero lo que hacía las delicias del rey era la magistral organización de las fiestas que celebraba en palacio, en las que desplegaba Leonardo todo su exquisito gusto y larga experiencia al servicio de Ludovico Sforza, el Moro, duque de Milán.
Desde la habitación contigua, Maturina se asomó al dormitorio donde aún se encontraba Melzi ensimismado en sus cavilaciones, y le dijo:
—Signore Francesco, he dejado preparado su desayuno en la cocina. Debe usted tomarlo ahora que aún está caliente. ¿Quiere que lo suba?
—Ah, gracias Maturina —dijo algo distraído Melzi—. No, enseguida bajaré yo.
Reaccionando como si despertara de repente, Francesco Melzi se dirigió hacia las escaleras que llevaban al piso inferior y, desde allí, a las estrechas escaleras de piedra que conducían a la cocina. Le resultaba más cálido y acogedor tomar el almuerzo en las entrañas de la casa. Allí abajo sentía el recogimiento del vientre materno: el fuego del hogar calentaba la estancia a toda hora, vigilado y avivado por la inefable Maturina, las paredes de piedra adquirían color anaranjado con la lumbre; las cacerolas y sartenes pulidas, como mágicos espejos colgados, deformaban la realidad en curvos reflejos cobrizos; el olor de los embutidos curtiéndose, el de las hierbas aromáticas recogidas en el prado y el del pan recién horneado lo reconfortaban y disminuían su fatiga y tristeza.
Mientras se tomaba un buen tazón de leche de cabra caliente, Melzi tuvo el presentimiento de que aquel día ocurriría algo especial. En cualquier caso, se hizo el propósito de que averiguaría toda la verdad. No podía seguir con esa desazón, tenía que saberlo. Por él y por las generaciones venideras. El messere estaba muy delicado y cualquier día… sí, cualquier día podía llevárselo el Altísimo y, entonces, ya no habría remedio y se lo reprocharía a sí mismo toda la vida. Notó como el corazón le palpitaba con fuerza y rapidez. Respiró hondo y se serenó un poco. Todo esto le excitaba mucho. Había demasiadas interrogantes… De pronto, oyó un ruido fuerte. Era el portón que comunicaba la cocina con el patio. Battista había regresado de la ciudad.
—«Quizás Battista sepa algo», pensó Melzi.
Battista era, después de él mismo, la persona de mayor confianza de Leonardo. Llevaban una eternidad juntos, habían envejecido a la par. Él estaba próximo a cumplir los sesenta, pese a que no los aparentara. Aún conservaba buena parte de su fortaleza bonachona; aunque su agilidad había ido mermando al tiempo que fueron aumentando su peso y la edad. De pequeña estatura, su cabeza cuadrada y su estructura robusta, aunque de miembros cortos, hablaban de un hombre capaz de llevar a cuestas las tareas más duras. En él todo era romo y chato, como su nariz que luchaba por sobresalir en una piel morena y extremadamente seca. El cabello conservaba algunos vestigios del negro profundo entre el astracán gris que se aferraba firme a su cabeza.
Francesco Melzi tuvo que dejar para otro momento la consulta, pues el notario y sus acompañantes acababan de llegar. Battista se dirigió con presteza a abrir la puerta principal y, una vez recogidas sus ropas de abrigo y mientras los saludaba correctamente, los acompañó hasta las habitaciones del messere.
El discípulo no sabía muy bien qué hacer mientras se procedía a la redacción del testamento: dedicarse a preparar un lienzo que tenía pendiente, quizá leer un poco o pasear a caballo…
Sus dudas se disiparon al poco, pues el viejo Battista le llamó desde lo alto de la escalinata de la cocina:
—¡Signore Francesco, signore Francesco! Messere Leonardo quiere que usted y yo estemos presentes. ¡Venga, que nos esperan!
Melzi sintió algo parecido a un golpe en la nuca. Hubiera preferido mantenerse al margen, ajeno a todo el proceso. No deseaba presenciar la última voluntad del messere admirado y compañero querido. Eso era admitir la proximidad de la muerte y de algún modo hacerla palpable y cercana. Iría, claro, asistiría con callada emoción, se mantendría en un discreto segundo plano, pero estaría allí. Sabía que con su presencia se le haría más llevadero el trance a Leonardo. No podía fallarle y fue.
Una vez recogidas las últimas voluntades del anciano, Melzi acompañó al circunspecto y silencioso grupo. Más que de redactar un testamento, diríase que venían de un funeral. Todos comprendían que eran los días finales de un hombre irrepetible, que perdían a alguien verdaderamente valioso.
Las pisadas sobre las grandes losas de mármol resonaban más huecas que nunca. El rumor de los ropajes dio paso a una correcta, escueta y sombría despedida personal de cada invitado hacia el fiel alumno y heredero moral del testador. Uno por uno los fue despidiendo mientras Battista sostenía abierta una de las hojas del portón de la residencia y entregaba el correspondiente gorro: a maestre Guillerme Boreau, notario real de la corte de la Bailía de Amboise; a maestre Esprit Fleuri, vicario de la iglesia de San Dionisio; a Guillermo Croysant, capellán; y a dos monjes italianos de la orden de los Hermanos Menores.
Una vez que hubieron salido todos, Battista cerró el portón. El fuerte portazo selló definitivamente el acto, haciéndose entonces un terrible vacío. Ambos se miraron y el criado no pudo evitar que una emocionada lágrima desbordara uno de sus ojos y recorriera la mejilla. Sorbió y se secó el lagrimón. Francesco le pasó el brazo por encima del hombro y lo estrechó, dándole ánimos.
—¡Ha sido tan generoso conmigo! —dijo Battista—. Nunca creí que me pudiera apreciar tanto.
—Sabes de su generosidad y, además, te lo mereces. Le has servido bien y lealmente. Ven, vamos a tomar una copa de vino —dijo Melzi, cambiando de conversación—. Nos sentará bien.
Se dirigieron hacia la cocina, se sentaron en los bancos adosados a la gran mesa de madera que la presidía. Maturina les sirvió unos vasos en los que vertieron un poco de vino. Invitaron a la sirvienta a acompañarlos quien, después de haber rechazado la invitación se lo pensó mejor, hizo una pausa en sus labores y se sentó con ellos.
—Ha dispuesto para ti —dijo Battista, dirigiéndose a Maturina— que se te entregue un traje de recio paño negro, forrado de piel, una pieza de paño y dos ducados.
Maturina asentía con la cabeza y se secó una lágrima en el rabillo del ojo con el extremo del delantal. Antes de que preguntara la sirvienta —quizá por discreción no lo había hecho—, añadió Battista:
—Y, a mí, me ha legado la mitad del viñedo que posee en Milán, la concesión de agua otorgada por Luis XII y los muebles de esta casa.
Tomaron un sorbo de vino.
—¿Y la otra mitad del viñedo? ¿A quién lo ha dejado? —preguntó Maturina.
—A Salai —respondió secamente Battista y volvió a dar otro sorbo.
Tras cada cata quedaban nuevamente en silencio. Sólo se oía el crepitar del fuego. De repente, Maturina, quizás animada por el vino le preguntó a Francesco por su parte. La pregunta de Maturina sirvió para que tomara conciencia de la trascendencia de lo que le iba a ser traspasado y finalmente le respondió:
—A mí me ha dejado lo más grande: sus manuscritos, sus instrumentos, los libros, sus dibujos… su arte.
Tras un sorbetón de nariz, Maturina, a quien le estaba dando por ponerse llorona, preguntó:
—¿Y los cuadros? ¿A quién ha dejado los cuadros?
Melzi sintió un vuelco en el corazón. Era cierto. Con tantas emociones no había reparado en ello. ¿Cómo era posible? Él, que se estaba devanando los sesos con el cuadro, con ese cuadro, con su origen, no había reparado en su destino final. Palideció de repente. Los demás se percataron y le preguntaron si se encontraba bien. Respondió que sí, pero no los convenció.
Maturina, siempre diligente, se apresuró a prepararle una tisana; pero Francesco le contestó que no la necesitaba, que lo que quería era hablar con ellos, especialmente con Battista.
—Dime, Battista, ¿dónde está el messere ahora?
—En el cuarto oscuro.
—Exacto, ¿dónde se pasa horas y horas al día?
—En el cuarto oscuro.
Battista empezaba a preguntarse adónde querría ir a parar el joven.
—¿Y qué hay en esa estancia?
—Un cuadro y una silla.
—Exacto: un cuadro. El retrato de esa extraña mujer. ¿Por qué no está junto al de santa Ana y al del Bautista en el taller?, ¿acaso sabes qué hace el messere cuando se encierra y por qué no permite el paso a nadie? ¿Por qué en mitad de la noche pide que se le lleve allí cuando se encuentra agitado o deprimido? ¿Por qué, Battista? Por qué?
Melzi, en su exaltación, no se percató de que se había puesto en pie.
—Le ruego que se calme, Francesco —intentó tranquilizar el criado al joven Melzi—. Contestaré en la medida que sepa las respuestas a sus preguntas: primero, sí sé lo que hace el messere en ese cuartito, pero ¿por qué quiere saberlo?
—¿Por qué, preguntas? Porque desde que lo conozco le ho visto venerar a ese cuadro, como no lo hace con ninguna de sus otras obras. No permitía contemplarlo, ni tan siquiera a nosotros, sus alumnos, no podíamos verlo con libertad. Sí, es cierto que nos lo mostraba y dejaba copiarlo y que explicaba detalladamente cómo conseguir los maravillosos efectos que logró en él. Pero, acto seguido, lo volvía a cubrir con un lienzo y guardaba en lo más profundo del taller.
Melzi ya se iba sosegando y relataba sus recuerdos e impresiones con más calma. Se dejó caer en el banco y la sirvienta reanudó sus tareas al tiempo que escuchaba con atención:
—Recuerdo —prosiguió Francesco Melzi— que en cierta ocasión Boltraffio, uno de sus alumnos, llegó a preguntar a Da Vinci quién era aquella mujer de sonrisa inquietante; y el messere le respondió algo que nos dejó perplejos: “No es una mujer”. Y siguió con los bocetos que estaba trazando sin parpadear ni mover un sólo músculo de la cara. Además, a todos los lugares adonde se ha desplazado se ha hecho acompañar de esa pintura. Era raro el día que no le echaba un vistazo. Siempre ha necesitado tenerla cerca, es más: recordarán ustedes su preocupación, durante el traslado a estas tierras, de que no sufriera ningún tipo de alteración por el intenso frío o que el embalaje no se rompiese por algún lado.
Francesco hizo una pausa y añadió:
—De hecho, pese a las reiteradas ofertas de Francisco I, no se lo ha vendido. No ha cedido ante las propuestas del emperador Maximiliano ni a las de otros grandes hombres. Así pues, explícame, por favor Battista, lo que sepas.
—Bueno —comenzó a explicarse el viejo criado evitando cruzar sus pupilas con las del joven—, como ya le dije antes, señor, sé que es lo que hace pero no el porqué. ¡Sé que contempla esa pintura durante horas y horas, de una forma incansable, inagotable! Nunca tiene suficiente. Pero lo ve como se mira a un cuadro, sino como… ¿cómo podría explicarlo? Ya sé: como si hablara interiormente con él, como si la imagen estuviese viva. Es su confesor, es su bálsamo.
—Verdaderamente es así: pues cuando está triste o algo le preocupa se encierra en ese cuarto oscuro, que más que una sala es un santuario —afirmó Melzi con aire resignado—. Pero ¿por qué no me confía sus penas? Llevo a su lado muchos años, ¿acaso, no merezco que vuelque en mí su desesperanza o su dolor?
—Querido muchacho, no es cuestión de merecer —le respondió Battista—. A mí tampoco me las confía, sólo en alguna ocasión. Sabe usted que es muy reservado con sus cosas y eso nada tiene que ver con el aprecio y el cariño que a buen seguro que le profesa, pues usted es para él la persona más querida.
—Bueno, yo… y Salai — Melzi dijo esto último con cierta envidia, como si fuera un niño pequeño.
—Usted siempre ha sido bueno y generoso con él. En cuanto a Salai… ¡dejemos a parte a ese endiablado muchacho! Mucho me temo, Francesco, que lo que usted tiene son celos al ver que su cariño debe compartirlo con… una extraña.
—Puede que tengas razón. Debo reconocer se ha clavado en mi mente la pregunta del por qué el apego del messere a esa pintura. Que, por cierto, nunca vi retrato más hermoso y perfecto. Yo mismo estoy hechizado por ella. Y me gustaría que la compartiese más a menudo conmigo.
—Y digo yo —Maturina intervino mientras desplumaba una gallina—, si alguien le encargó ese cuadro, bien la señora del retrato o quien fuera, ¿por qué no lo entregó a quien hizo tal encargo?
Ante tal razonamiento, quedaron estupefactos Battista y el propio Melzi, ¿cómo no se le había ocurrido antes a él? Era cierto, ¿por qué lo conservaba él y no quien lo encargara o la propia retratada?
Maturina observaba con íntima satisfacción la reacción de los dos hombres y, animada por el éxito de su cavilación, se atrevió a proseguir:
—Es más: no ha dejado escrito en el testamento su voluntad respecto a esa pintura, ¿a quién pensará entregarla?
—¡Es cierto! —exclamó Melzi irguiéndose de un salto—, ¿qué destino pensará darle?
Y con el entusiasmo recién recuperado, se dirigió a Battista y sacudiéndolo por los hombros le insistió:
—¡Oh, Battista, Battista! Debo desentrañar todo este misterio o me volveré loco. Mi mente no encontrará la paz hasta que lo descubra. Debo darme prisa y hablar con él antes de…
Los ojos de Battista que hasta entonces estaban dirigidos a Melzi entre divertidos e indulgentes, ahora se mostraban sorprendidos y miraban hacia lo más alto de la escalera de la entrada de la cocina. El criado tragó saliva y trató de incorporarse.
Maturina detuvo sus ágiles y repetitivos movimientos de desplume y se mordió ligeramente el labio inferior. Dejó su vista clavada por un instante hacia la escalera.
Melzi, quien había callado de repente al notar la reacción de los dos sirvientes, volteó poco a poco. Dirigió sus ojos hacia donde todas las miradas convergían. Se topó con la mirada directa de Leonardo tras la oscuridad que proyectaban los arcos de sus espesas y ásperas cejas. Allí se ocultaban unos ojos agudos y profundos; de pupilas azul celeste, de inteligencia afilada y dolorida, cercados por prominentes bolsas. La nariz, en sus mejores días recta y de finura helénica, resultaba prominente y abultada, dos grandes surcos partían de ella hasta hundirse en las comisuras de la boca, trazando un rictus amargo.
Da Vinci comenzó a descender los peldaños ayudándose de su bastón, imponente con su manto largo y majestuosa de color verde profundo, con bordes de piel de pelo negro, brillante y sedoso. Por la abertura central asomaba una túnica de color amarillo mostaza que lo cubría por debajo de las rodillas. Llevaba calzas color verde suave y los zapatos del mismo paño que el manto. Vestía de forma anticuada pero con un innegable aire aristocrático que lo hacía verse más hermético y alejado de la vulgar cotidianeidad. La melena, blanca y ondulada, partía de amplias entradas hasta llegarle a los hombros; la barba, también larga y sedosa, perfectamente peinada y acicalada le llegaba al pecho. Tenía el gesto, grave y adusto. A su señorial elegancia se sumaba una elevada estatura y gran corpulencia física, vestigio del perfecto atleta que fue antaño, lo cual contribuyó a que la impresión aún fuese mayor entre los allí reunidos. Y sosteniendo la mirada de Francesco, con voz profunda, Da Vinci añadió el final a la frase de Melzi:

     —Antes de que sea… ¿demasiado tarde?…