03 Plaza de España 04 (1920)

CAPÍTULO 1 DE “LA REINA DEL AZÚCAR” (VERSÁTIL EDICIONES)

CAPÍTULO I

«Melilla, a 1 de agosto de 1959.

Hoy he enterrado a Matías, mi tercer marido. Ahora descansaremos los dos en paz.
No voy a pedirte que me perdones, Señor, por lo que Tú bien sabes; sólo que me permitas hallar calma y recuperar el sosiego cuando acabe de escribir estas páginas.
No voy a defenderme ante Ti. No siento arrepentimiento. En realidad, ya no siento nada. Si lo hice, fue porque supe la verdad de una forma cruel, desgarradora; y descubrirla así, de repente, después de tanto tiempo, descorchó el dolor que me ha estado oprimiendo el alma todos estos años, con toda la rabia acumulada en silencio. Un dolor y un rencor que me mantuvieron en pie hasta acabar de presenciar su agonía y, ahora que todo ha pasado, noto cómo me han abandonado las fuerzas para continuar bregando con la vida.
Me encuentro verdaderamente cansada. Vacía, más bien. Tanto que desearía desaparecer, suavemente y sin ruido; diluirme como el trazo de mi pluma cuando se afina hasta el infinito al acabar cada palabra. Sé que no tardaré demasiado en hacerlo, pues la mancha rosada del pecho se ha ido multiplicando por todo mi cuerpo y la tos me muerde cada día con más encono y violencia. Ambas me anuncian, a su manera, que Matías me contagió la maldita enfermedad que se lo llevó de este mundo. Pero antes de apagarme, me desangraré letra a letra en las cuadrículas de este libro de contabilidad. Cuadrículas que esperaban recoger cifras y cálculos, no los sentimientos de una mujer agotada de tanto luchar. Aunque, al fin y al cabo, servirán igualmente para ajustar cuentas: las de mi vida. Ésas que nunca han cuadrado y que, rara vez, arrojaron beneficios.
Si mi conciencia ya estuviera tan vacía como mi alma, atribuiría a tu infinita compasión el que, en este preciso momento, comienzo a sentir una suave tibieza, que va recorriendo mis venas, apoderándose de mí y devolviéndome a la vida; pero, no puede ser, aún no merezco tu misericordia, Señor.
Esa sensación que me reverdece no proviene de Ti, sino de mí misma. No es otra cosa que la satisfacción de haber vencido, en esta guerra sorda y callada, al miserable que robó mi más recóndito secreto y por haber logrado mantenerle en silencio todos estos años. Matías podría haber destruido, con una sola frase, aquello que mantuve con tanto esfuerzo y sacrificio, lo único que había quedado intacto tras la pérdida del monopolio del azúcar y la ruina del negocio: mi buen nombre. Seré yo, y no Matías, quien disuelva con la tinta de estas letras los restos de mi pequeño imperio de azúcar.
Ahora que él calla para siempre, yo, Agnès Beaumont (pues éste es mi verdadero nombre), contaré la verdad que nadie conoce. Así, sin tergiversaciones, de mi propia mano y directamente de mi corazón, los míos podréis comprender cuando yo falte ¡tantas cosas!
¡Padre Eterno, ayúdame a ser fiel a la verdad y haz que relate los hechos tal y como ocurrieron! Amén.

Todos me habéis conocido como Inés Belmonte; pero mi verdadero nombre es Agnès y mi apellido, Beaumont, el de mi padre, Humbert, de quien nunca os hablé. Como doña Inés me recibían en todos los bancos y comercios elegantes de Melilla; y sé, muy bien, que aún se me nombra en toda la ciudad como «la reina del azúcar», a pesar de que ya tan sólo poseo el que corre por mis venas…»

—¿Reconoce la letra?
Era la segunda vez que el juez le hacía la misma pregunta a Mercedes. La anciana permanecía sentada al otro lado de la mesa del despacho del magistrado hojeando, ensimismada, un viejo libro de contabilidad de tapas negras y lomo anaranjado. En la portada figuraba la inscripción «Contabilidad», escrita con plumín en una anticuada caligrafía, sobre una etiqueta con manchas ocres del tiempo. Mercedes lo sostenía abierto entre sus manos sin dar crédito a lo que acababa de leer en él: unas cuantas páginas iniciales dedicadas a la contabilidad del antiguo negocio que regentaron sus tíos, allá en Melilla hasta finales de los años cincuenta y, luego, el resto de páginas recogía lo que parecían ser unas memorias de su admirada tía Inés.
—Bastará con que diga sí o no ―apremió el juez que, para dar tiempo a doña Mercedes para que pudiera volver a colocarse sus gafas de cerca y releer, dedicó la interrupción a limpiar con meticulosidad los cristalitos rectangulares de las suyas.
Junto al magistrado, en una mesita aparte, un funcionario aguardaba la respuesta de la mujer sentado ante un ordenador. El magistrado dejó las lentes sobre la mesa. Se retrepó en su sillón con evidentes muestras de inquietud y dirigió una mirada cómplice al funcionario, que venía a decir “con las personas mayores ya se sabe”. La paciencia le duró sólo un instante más.
—¡Señora, comprenda que no podemos estar toda la mañana con este asunto! Aún tiene que respondernos a varias preguntas.
—Disculpe, yo… nunca me he visto en un juzgado. Y este cuaderno de mi tía Inés contando sus cosas… a estas alturas… —se disculpó Mercedes mientras guardaba sus estrechas gafitas de cerca.
—¿Le ha quedado claro por qué la hemos citado a usted?
La mirada desvalida de doña Mercedes apaciguó, momentáneamente, la impaciencia que brotaba en el magistrado que miraba de soslayo los asuntos acumulados en su despacho que reclamaban su atención en silencio. Resolvió que el camino más corto para acabar con aquella declaración, que le estaba entreteniendo más de lo previsto, sería volver al inicio.
—Veamos, señora, se lo explico una vez más —dijo el juez al tiempo que se erguía algo incómodo—: un juzgado como éste, pero en Melilla, está investigando el hallazgo del libro de contabilidad que tiene usted en las manos –el magistrado extendió la mano hacia su interlocutora—. Puede devolvérmelo ya.
—Sí, claro, disculpe —Mercedes le entregó el libro de cuentas y carraspeó—. Verá, señoría, lo que no acabo de entender es por qué ahora…, tantos años después de quebrar el negocio de mis tíos me llaman a declarar. Si mi tía cometió algún error en la contabilidad, seguro que fue involuntario. ¿Qué importancia tienen esas cuentas ahora? ¡Si murió hace cincuenta años!
—No son las cuentas recogidas en ese libro. Lo que importa y mucho, créame, es el lugar donde lo han encontrado —y acabó el magistrado su frase agitando en el aire el libro de cuentas.
—¿El lugar? Pero, ¿dónde estaba? —Mercedes cada vez entendía menos qué había ocurrido.
—¿No lo sabe usted, doña Mercedes? No tiene ni la menor idea ¿verdad? —añadió el magistrado con un tono ligeramente sarcástico.
Mercedes, confusa, negó con la cabeza.
—Pues sepa usted, señora, que nada más y nada menos que entre documentos confidenciales de un archivo militar, concretamente el de la Comandancia de Melilla.
—¿En la Comandancia Militar? ¡Dios mío!
—Y lo peliagudo de la cuestión es que esos archivos son de acceso restringido y su violación constituye un delito contra la seguridad del Estado. Algo muy grave –subrayó el magistrado clavando sus pupilas en las de Mercedes, que retrocedió un tanto amedrentada—. Lo que se está tratando de esclarecer es quién pudo eludir las estrictas medidas de seguridad que rodean esos archivos y con qué finalidad lo ocultó en ese lugar. ¿Hasta aquí lo entiende?
Mercedes asintió con la cabeza.
—Por otro lado, lo que más importa es averiguar si se han filtrado secretos militares —añadió el juez apuntando con sus gafas a Mercedes—. Por eso, el texto manuscrito está siendo analizado por expertos, por si fuera algún documento en clave. Ahora escúcheme con atención ―el juez soltó las lentes sobre la mesa, apoyó los codos sobre el expediente y dulcificó el tono—. El Juzgado de Melilla que lleva el asunto nos pide que le interroguemos a usted, a Mercedes Rosales, porque es la única persona, de las que se menciona en el manuscrito, a quien se ha podido identificar completamente.
—Y porque soy la única que queda viva ¿no es así? —puntualizó Mercedes con cierta tristeza.
—Sí, eso parece. Por cierto, esa circunstancia le convierte a usted en el único familiar de la firmante del libro a quien pudiera afectarle su contenido. Luego le explicaré cómo.
El magistrado pasó ceñudo una serie de páginas del expediente que tenía ante él y se detuvo ante una de ellas. Se colocó las gafas y miró a Mercedes por encima de sus lentes.
—Doña Mercedes, le voy a formular una serie de preguntas que el juez de Melilla quiere que responda. Es como si le estuviera preguntando él; de esta forma evitamos que tenga que desplazarse hasta allí.
—¿Y no tendría que venir un abogado? —preguntó tímidamente Mercedes Rosales.
—¡Eso es para los imputados, señora, y usted es sólo un testigo! —resopló el juez y añadió: — Si no le importa, comenzamos ya.
—Claro, claro… —cedió Mercedes y tragó un poquito de saliva.
El magistrado se desplazó con su sillón giratorio dándose impulso hasta asomarse a la pantalla del ordenador, en la que el funcionario había preparado el documento para recoger la declaración de la anciana.
—Ximo, por favor, ¿qué hemos escrito hasta ahora?
El funcionario deslizó sus vivaces ojillos azules por la pantalla hasta localizar el punto exacto donde arrancaban los datos de la señora que tenía que declarar, se repasó el cabello algo inquieto, y entrecerrando ligeramente los ojos leyó textualmente:
—Que comparece la que mediante el documento nacional de identidad número tal acredita ser y llamarse Mercedes Rosales Martín, natural de Melilla, nacida el 1 de agosto de 1937, hija de Feliciano y Juana, vecina de Valencia, con domicilio en la calle San Vicente…
—Vale ―interrumpió el juez—. Además de las circunstancias personales ¿hemos puesto algo más?
—Sólo las advertencias legales, don Severino.
—Bueno, pues comencemos de una vez —dijo el juez, regresando mediante otro nuevo impulso frente a la declarante.
Mercedes, durante la conversación entre el juez y el funcionario, se había quedado absorta contemplando la espectacular vista del puerto de Valencia a través de los ventanales del despacho. Decenas de grúas manipulaban innumerables contenedores, apilados en la dársena como piezas rojas y azules de un colosal rompecabezas, transportándolos a las bodegas de los buques o extrayéndolos de ellas.
— Doña Mercedes Rosales Martín, ¿jura o promete decir verdad?
Mercedes dio un pequeño respingo y reparó en la verdadera dimensión en la que se encontraba y de que estaba siendo interrogada por aquel juez corpulento, de cabellos grises y cejas pobladas, que la miraba entre severo y paciente.
—Sí, sí, juro.
—¿Qué relación tenía usted con la tal Inés Belmonte? ¿De qué la conocía?
—Era la esposa de mi tío Julián, hermano de mi padre.
—Pero aquí habla de un tal Matías…
—Sí. A los pocos meses de enviudar de mi tío Julián, la tía Inés se casó con Matías.
—Comprendo.
—¡Pues es usted el único! Nadie pudo explicarse por qué, una mujer como ella, cometió la locura de casarse con aquel impresentable de Matías.
El juez dio a entender con un gesto que esos detalles no interesaban para el caso.
—¿Reconoce la letra con la que están manuscritas las páginas que acaba de leer como la de su tía Inés?
—Hace muchos años ya… Pero sí, creo que es su letra.
El golpeteo veloz sobre el teclado del ordenador recogía las palabras de Mercedes.
—¿Recuerda, entonces, haber visto antes este libro en manos de la señora Belmonte? Y si es así, ¿sabía dónde lo guardaba? —prosiguió el juez.
—Lo vi en casa de mis tíos muchas veces y sabíamos todos que la tía Inés lo guardaba en su escritorio.
—¿Todos? —se sorprendió el juez—. ¿Quiénes son todos?
—Los que entrábamos en su casa: mis hermanas, mi cuñado, los sobrinos de tía Inés, mi marido y yo, y Matías, claro.
—Ya veo. Pero a la muerte de su tía ¿quién tenía en su poder el libro de contabilidad?
—No lo sé. Cuando murió mi tía Inés, ya no existía el negocio. No había que llevar cuentas ya. Quizá por eso no lo eché en falta cuando recogí sus cosas al fallecer.
—¿Cree que pudiera contener alguna información de interés militar? Piénselo bien —insistió el magistrado.
—¡Válgame Dios! ¡Qué va, qué va!
—¿Tiene idea de quién pudo introducir ese libro en los archivos militares secretos?
—No, señoría —respondió Mercedes con tristeza.
—Porque… usted no fue la persona que lo hizo ¿verdad?
—Por supuesto que no. Yo nunca… —Mercedes trató de argumentar su negativa, pero el juez la interrumpió haciendo un gesto con el que se entendía que daba por concluida la declaración.
—Además, no tendría ningún sentido —dijo el juez hablando consigo mismo y volvió a dirigirse a Mercedes—. Porque, precisamente, es a usted a quien no le interesaba que ese libro se ocultase. Todo lo contario.
—¿Por qué? —preguntó la anciana abriendo exageradamente los ojos.
—Porque en las últimas páginas, Inés Belmonte expresa su intención de designarla a usted heredera universal de todos sus bienes.
Mercedes sintió un ligero vahído.
—¿Heredera universal…? ¿De qué? ¡Si mi tía había perdido toda su fortuna!
—Toda no. Según ese libro, en sus últimos días aún conservaba una cervecería en el centro de Madrid, La Rosa de Oro, y deseaba legársela a usted. De todas formas –añadió el magistrado con pesadumbre—, no consta ningún testamento a nombre de su tía en el Registro de Últimas Voluntades. Ya lo hemos comprobado. Quizás nunca llegara a hacer ese testamento, aunque así lo afirme en este libro.
—¡Usted no conoció a mi tía Inés! Si esa era su intención, no le quepa duda de que la llevó a cabo.
—En ese caso, cabe la posibilidad de que testara mediante un testamento ológrafo, es decir, manuscrito y sin notario.
Mercedes quedó pensativa y resolvió preguntar:
—¿Pero esos testamentos valen?
—Sí. Siempre y cuando, la persona que lo custodia lo entregue al juzgado al fallecer el testador. En este caso —añadió don Severino—, si fue ológrafo, pudo ocurrir que la persona a quien confiara el testamento ignorara este extremo y no lo presentara ante el juzgado cuando su tía falleció o, incluso, que falleciera antes que ella. No sería el primer caso —golpeó la mesa con el bolígrafo—. Tampoco sabrá usted a quién se lo pudo confiar ¿verdad?
—No… claro que no… —dijo Mercedes—. Pero, si apareciera ¿podría recibir la herencia, señoría?
—Mucho me temo que no, señora. Este tipo de testamento prescribe a los cinco años del fallecimiento. Lo siento.
El magistrado la miró por un instante con benevolencia y añadió:
—Claro, que si apareciera el testamento y se averigua a quién se lo confió su tía y no cumplió con su obligación de presentarlo… —el juez sostuvo la mirada de Mercedes con la suya—. Aunque no podrá usted reclamarle a esa persona daños y perjuicios por todo lo que ha dejado de recibir, porque ha prescrito; al menos, sabrá quién le perjudicó. Quizá la investigación del Juzgado de Melilla arroje algún dato que pueda ayudarle.
—¿Y si no se averigua quien fue? ¡Nunca sabré quién me ha robado mi vida! —la mirada de la anciana cayó pesadamente al suelo.
—Señora —el magistrado impostó la voz para demostrar una indiferencia que no sentía—, eso es un asunto de ámbito civil y esto es un Juzgado penal. Tendrá que averiguarlo usted. Aquí lo que tratamos de esclarecer es si se ha producido un delito contra la seguridad del Estado. ¿Tiene alguna duda más?
A Mercedes se le agolpaban las preguntas en la mente, pero negó con la cabeza.
—Por nuestra parte, ya hemos acabado —cerró el expediente y se lo entregó al funcionario—. Ximo, me bajo a la sala de juicios —dijo levantándose apresuradamente del sillón y firmando de pie la declaración que acababa de recoger de la impresora su subordinado—, que ya tendríamos que haber empezado. No, no se levante usted todavía —dijo dirigiéndose a Mercedes—, que tiene que firmar la declaración. Cuando devuelva el exhorto a Melilla, Ximo, no olvide adjuntar el libro de contabilidad. Buenos días —se despidió sin esperar respuesta, dejando abierta la puerta de su despacho al salir.

Mercedes se sorprendió al encontrarse de improviso ante las puertas de salida del edificio de la Ciudad de la Justicia de Valencia. En su memoria no había quedado recuerdo alguno de los pasillos recorridos, ni de haber descendido en uno de los ascensores transparentes, que se deslizan desde los techos inalcanzables del vestíbulo, hasta su inmensa planta baja donde se entremezclan abogados apresurados, delincuentes, víctimas y funcionarios convocando a las partes a juicio, ni de haberla atravesado a contracorriente, tan embebida como estaba en sus pensamientos.
La apertura brusca de las puertas de cristal templado la lanzó a una amplia y luminosa avenida, justo en frente de las gigantescas costillas parabólicas de L’Umbracle de la Ciudad de las Ciencias. La blancura de aquellos aceros encorvados bajo un cielo rabiosamente celeste le lastimó los ojos. A pesar de la cálida temperatura, Mercedes sintió un estremecimiento y se abotonó la chaqueta. Con movimientos de sonámbula subió al autobús que le llevaba hasta la estación de metro más próxima; allí tomó la línea que la acercaba a su casa. Durante el recorrido subterráneo, sentada frente a una joven rubia con un niño de corta edad, Mercedes Rosales se atusaba con cuidado el cabello cardado como si con ello pudiera ordenar las preguntas que se le agolpaban: «¿Daños y perjuicios?». «¿Quién, Dios mío?». «¿Quién me ha robado mi verdadera vida?». Una voz automatizada anunció la próxima estación. Mercedes volvió en sí y se turbó al ver que los asientos de enfrente estaban ahora ocupados por dos mujeres sudamericanas y un hombre negro sin que se hubiera apercibido de cuándo se había producido el relevo.
En el camino de regreso a casa, Mercedes se sintió ajena a cuanto le rodeaba, a sí misma y al ajetreo de la calle. Experimentaba la impresión de estar inmersa en un escenario artificial, caprichosamente cambiante, construido para experimentar con ella como si de un cobaya se tratara y en el que nada era cierto ni definitivo y cuyo decorado podía transformarse en cuestión de segundos hasta quedar irreconocible el anterior. Ya no estaba segura de haber vivido una vida verdadera, producto de sus indecisiones, o si, por el contrario, alguien había elegido por ella. Se sintió indefensa y desvalida. Si algo deseaba en esos momentos era llegar a su casa cuanto antes y dejar pasar aquel aturdimiento entre la única seguridad que le quedaba: la de las cuatro paredes de su hogar. Aquellas páginas que había leído seguían dando vueltas en su mente junto con lo que le había explicado el juez. Mercedes no sólo se sentía removida y angustiada por la inseguridad que se le había instalado por lo que le afectaba directamente, también se había sentido sacudida por las dudas que sobre su tía le asaltaron al leer el comienzo de sus memorias: si Matías era el tercer marido y se había casado con él poco después de la muerte del tío Julián ¿quién fue ese primer marido que nunca nombró? Mercedes tragó un poco de saliva y se detuvo ante el portal de su casa. Buscó las llaves en el bolso y abrió el portalón. Subió los dos pequeños escalones de mármol blanco que dividían el zaguán en dos alturas. Apretó el botón negro que ponía en marcha el motor del vetusto ascensor. Se detuvo ante ella con cierta brusquedad. Abrió la cancela de forja y luego las puertas de madera y cuarterones de cristal del ascensor. Las cerró y pulsó el botón del tercer piso. El elevador comenzó su ascenso con un leve impulso. Mercedes, iluminada por la amarillenta luz del plafón del techo de la cabina, se dejó llevar por la suavidad del lento ascenso y cerró los ojos. «¿Qué secreto sería aquel que defendió tan celosamente?», pensó. Mercedes sintió un escalofrío recorrerle la espalda al suponer hasta dónde pudo ser capaz de llegar su admirada tía Inés por mantenerlo oculto.