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CÓMO SURGIÓ “EL SECRETO DE MONNA LISA”

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Apenas recuerdo cómo llegó a mis manos su imagen ya anciano, ese autorretrato suyo en sepia. En realidad, no sé quién miró a quien; sólo que cuando nuestras pupilas se encontraron supe de su infinita tristeza, de su profunda decepción del ser humano, de la impotencia ante esa tiranía del paso del tiempo que le despojaba, definitivamente, de la posibilidad de concluir lo mil veces iniciado, de alumbrar lo no inventado y atisbar lo desconocido. Su mirada, dolorida, delataba el acero que más le hirió: la soledad de la incomprensión. Las pupilas, antaño insertadas en topacios transparentes, ahora se preguntaban asfixiadas por párpados embotados si cabrá una brizna de nobleza en el alma humana; porque él porque no la encontró. ¿O sí? Quizá le apartaron demasiado pronto del único calor que conociera, el de su madre. También puede que disfrutara más adelante de una breve ráfaga de cariño, con la amistad de Lisa; si fue así, fue demasiado breve. Quién sabe.
      Su rostro, hierático y sombrío, ajado y terrible, no muestra la verdadera naturaleza de su alma, sino las cicatrices infligidas por el roce con sus semejantes, la frialdad de las sombras que proyecta la soledad, las rasguños en su sensibilidad, la dentellada de los egoístas, el zarpazo de los envidiosos; en definitiva, las laceraciones que produce el desprecio de los mediocres. Por eso se despidió del mundo mostrándole lo que había hecho con él, con uno de los hijos más bellos y que más le han amado; consciente de que el tiempo ya estaba agotado y que no había conseguido satisfacer su infinita curiosidad ni desplegado todo lo que podía ofrecer.
     Mis ojos contemplaron aquella imagen conmovidos por tanta tristeza y dolor. Y se preguntaban recorriendo inquietos el rostro de Leonardo ¿qué le impidió ser feliz? ¿Tan alto fue el precio de su inteligencia? Entonces, lamenté profundamente no haber tenido la oportunidad de proteger a tan delicada criatura. Y todo ocurrió en un instante: el retrato me devolvió una mirada celeste incrédula, pero agradecida a un tiempo, y un relámpago de amargura separó los labios de Da Vinci y comenzó a susurrar, en un dulcísimo italiano, una historia de hace quinientos años: la de un hombre que sólo rió una vez.